De la nueva educación
Por Marco Antonio López Franco
El día de hoy dirigiéndome hacia el trabajo, evitando caer en charcos y que el tránsito de los automóviles no me manchara los pantalones, me encontré con una escena que si bien no puedo tildar de maravillosa tampoco puedo decir que fue catastrófica, frente a mí, una pequeña familia, compuesta por mamá e hijos se dirigían a la escuela. El mayor, un varón, llevaba arrastrando una mochila de aquellas que tienen pequeñas ruedas, desgastada, que al paso del camino se manchaba con el lodo y el agua que había en la calle, el infante con pantalón roto y con la camisa mal acomodada avanzaba a paso firme pero seguro, siguiendo a su madre una mujer de uno cuarenta o cuarenta y cinco años, misma que llevaba de la mano a una pequeña niña con su uniforme de educación física pero vistiendo unos zapatos escolares, el grupo camino frente a mi, apurados en su paso por llegar a la escuela.
Como docente, como director, como elemento académico, ¿qué misión adquiero con este tipo de personas? La promesa de una buena educación ha existido como un relato que a muchas generaciones nos venden como la única opción para salir adelante, este relato tiene como claroscuros que nos llevan a una serie de reflexiones, primero cuál es papel del docente que determina -en ocasiones- tan fácilmente el lugar que ocupa un alumno dentro de la clase, clasificamos por medio de una calificación el valor de un alumno, incluso pretendemos creer que ese es un indicativo del nivel de aprovechamiento de nuestros alumnos, considero que en el ejercicio de nuestra profesión, somos ciegos con respecto al aprovechamiento de nuestros alumnos. Muchas de las personas se alejan de la escuela por distintos elementos, cuestiones económicas y sociales, pero existe un papel determinante en el profesor.
Debemos liberar el pensamiento de nuestros estudiantes, hacerlos capaces de estudiar lo que ellos consideren necesario, es difícil pensar en ésta tarea, ya que tenemos el extraño peso del mercado laboral, ¿hasta donde es una fábrica? y ¿Hasta dónde es un ágora? mi papel por lo pronto es compartir el conocimiento que adquirimos, dejar en ellos el ímpetu de nuestra revolución para que construyan lo que ellos supongan será la utopía, donde el peso de los actos caerá sobre nosotros sus maestros.
El día de hoy dirigiéndome hacia el trabajo, evitando caer en charcos y que el tránsito de los automóviles no me manchara los pantalones, me encontré con una escena que si bien no puedo tildar de maravillosa tampoco puedo decir que fue catastrófica, frente a mí, una pequeña familia, compuesta por mamá e hijos se dirigían a la escuela. El mayor, un varón, llevaba arrastrando una mochila de aquellas que tienen pequeñas ruedas, desgastada, que al paso del camino se manchaba con el lodo y el agua que había en la calle, el infante con pantalón roto y con la camisa mal acomodada avanzaba a paso firme pero seguro, siguiendo a su madre una mujer de uno cuarenta o cuarenta y cinco años, misma que llevaba de la mano a una pequeña niña con su uniforme de educación física pero vistiendo unos zapatos escolares, el grupo camino frente a mi, apurados en su paso por llegar a la escuela.
Como docente, como director, como elemento académico, ¿qué misión adquiero con este tipo de personas? La promesa de una buena educación ha existido como un relato que a muchas generaciones nos venden como la única opción para salir adelante, este relato tiene como claroscuros que nos llevan a una serie de reflexiones, primero cuál es papel del docente que determina -en ocasiones- tan fácilmente el lugar que ocupa un alumno dentro de la clase, clasificamos por medio de una calificación el valor de un alumno, incluso pretendemos creer que ese es un indicativo del nivel de aprovechamiento de nuestros alumnos, considero que en el ejercicio de nuestra profesión, somos ciegos con respecto al aprovechamiento de nuestros alumnos. Muchas de las personas se alejan de la escuela por distintos elementos, cuestiones económicas y sociales, pero existe un papel determinante en el profesor.
Debemos liberar el pensamiento de nuestros estudiantes, hacerlos capaces de estudiar lo que ellos consideren necesario, es difícil pensar en ésta tarea, ya que tenemos el extraño peso del mercado laboral, ¿hasta donde es una fábrica? y ¿Hasta dónde es un ágora? mi papel por lo pronto es compartir el conocimiento que adquirimos, dejar en ellos el ímpetu de nuestra revolución para que construyan lo que ellos supongan será la utopía, donde el peso de los actos caerá sobre nosotros sus maestros.
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